Una dosis de primer mundo para cada arepa

Es increíble la diferencia de estar -no literalmente- en el cielo y luego pasar un poquito más abajo.
Quiero comenzar con esas palabras, porque tras varios días de recorrer la ciudad donde vivo desde hace 24 años, me siento poco complacido con lo que me ofrece y por lo que ha hecho por mí.

Quizás no lo había notado antes porque no encontré anteriormente un punto de referencia, pero al fin he tenido mi buena y esperada dosis de primer mundo por casi un mes.

Alemania. País rico en lo social, económico y moral. Lo que todos queremos. Es así luego de una economía que se vio desbastada por los embates de la guerra. Asumo que el alemán aprendió la lección, se superó y hoy solo buscan la perfección, y mantenerla

Así es Alemania, el máximo ejemplo del primer mundo, incluso ejemplo para otras potencias.

Años de guerra que acabaron con más de 10 millones de personas, lograron incalculables pérdidas económicas,  y lo peor: acabó con las premisas de paz mundial pregonadas por otras grandes potencias.

País no petrolero, que no tiene para derrochar recursos minerales. Cuarta potencia mundial tras EEUU, Rusia y Japón.

¿Cómo lo lograron? Sufrieron, aprendieron, se superaron, hoy aplican todo lo que les dejó el pasado para ser mejores ciudadanos.

¿País de personas frías? No. La amabilidad y la cortesía están a la orden del día.

¿Racistas? Ellos aprendieron a convivir con la ayuda del que es diferente racialmente.

¿País perfecto? A mi parecer, sí.

En mi experiencia germana, me sentí hasta un poco apenado de mi asombro al ver cómo la gente te recibe de buena manera, de cómo se respetan las reglas, o de cómo son tan trabajadores y activos.

Me sorprende porque vivo en un muy pequeño engaño social. Sé que suena crudo, y no estoy generalizado, ni tampoco quiero ofender a alguien, pero no estamos en un país donde todas las  personas son chéveres y encantadoras, no vivimos en una sociedad culta, no estamos entre mucha  gente que les gusta trabajar porque su vida se basa en eso y en el crecimiento personal.

Estamos en una sociedad donde importa más cómo te vistes o dónde tomas café, una sociedad donde tener el teléfono más caro te hace mejor persona, una sociedad que no lee, no escribe, no le importa saberse informado, una sociedad donde el conformismo es el pan de cada día. Y lo peor, esto pasa en muchos países del mundo.

Es hora de quitarnos ese gas mental de que tenemos en su mayoría a las mejores personas, no es así. Los índices delictivos y la historia política lo demuestran. Tenemos mujeres hermosas, preciosos paisajes y excelente clima, pero ¿con eso se hace un mejor país?

Un mejor país es ese que no te hace depender de una imagen política o religiosa, un mejor país te asegura un futuro sin pensar en qué otra parte del mundo pasar tus días, un mejor país te trata bien y ya. Un mejor país aprende, reflexiona, aplica, hace. Un mejor país aprovecha sus recursos, sean pocos o muchos. Un mejor país no lo hace que tú seas venezolano, alemán o chino. Un mejor país lo haces tú a cada rincón del mundo a cual vayas.

Repito. Con lo escrito anteriormente no estoy generalizando. Conozco demasiada gente que le echa ganas a la vida, pero no son suficientes como para llamarlos mayoría. Yo me siento afortunado por estar rodeado de gente que, de una forma u otra, está de acuerdo con varios puntos aquí tratados y que también quiere su dosis de primer mundo en cada arepa.

Aquello que llamamos primer mundo (sociedad que ha alcanzado su máximo nivel industrial, tecnológico y social) está en cada uno de nosotros, siempre y cuando nos dediquemos a hacerlo posible, pero con la actual situación que se vive, es difícil aplicarlas a nivel colectivo.

La amo y la odio un poco

La amo y la odio un poco

¿Qué nos cuesta ser más educados? ¿Qué nos cuesta contestar las buenas tardes o las buenas noches? ¿Qué nos cuesta dejar de desear que un lunes se transforme en un viernes? ¿Qué nos cuesta ayudar al otro sin esperar algo a cambio? ¿Qué nos cuesta hacer las cosas que tenemos pendientes? ¿Qué nos cuesta dejar de juzgar a los demás de forma errónea? ¿Qué nos cuesta aprender de historia? ¿Qué nos cuesta valorar lo que tenemos? ¿Qué nos cuesta absorber lo bueno de otros países? ¿Qué nos cuesta aprender del pasado? ¿Qué nos cuesta aceptar lo que está mal? ¿Qué nos cuesta pensar a futuro? ¿Qué nos cuesta dejar de aparentar? ¿Qué nos cuesta dejar de criticar pero no aportar? ¿Qué nos cuesta ser mejores venezolanos?

Sé que cambiar de mentalidad a millones de personas en el mundo es difícil, tampoco se busca eso, sino concienciar del daño que silenciosamente se está haciendo en la sociedad a manos de la política, la religión y del propio pensamiento social retrógrado.

En lo personal, no sigo ningún tipo de líder religioso, mucho menos a un líder político; solo trato de seguir el orden de las ideas correctas tras el previo aprendizaje, tratando de ilustrarse en lo bueno cada día, descubrir lo malo y transformar lo defectuoso.

Como sociedad nos falta muchísimo para compararnos hombro a hombro con países del llamado primer mundo,  pero estoy seguro de que muchas personas visionarias hacen lo posible para mejorar la calidad de vida de cada uno de nosotros, demostrar que no es necesario seguir a un líder de corbata o sotana, demostrar que el crecimiento está en cada uno de nosotros y no en una falsa dependencia.

Hoy me siento muy venezolano, pero con ganas de ser un ciudadano universal y no ser una persona que se conforma con lo que hay o lo que me ofrecen. Hoy me siento un venezolano que desea comer arepas hechas con ganas, con ganas de primer mundo.

@Evansth_

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3 comentarios en “Una dosis de primer mundo para cada arepa

  1. Excelentes y acertadas publicaciones! Gracias, es bueno saber que somos varios -no suficientes para decir la mayoría- los que pensamos así.

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